Me inquieta la no voluntad del mundo tanto, como la voluntad sin sentido de cada uno. El espíritu de lucha en una batalla perdida es aún más doloroso que la derrota. Asumir es resignación y aceptar los ciertos avatares de la Naturaleza, es imponer la razón. Mientras el hombre no entienda que la Naturaleza es superior a nosotros, no seremos feliz con y en ella. Y cuando hablo de Naturaleza se trata del conjunto del entorno y el ser. No somos hacedores, somos seres humanos, nuestra primera misión no es hacer, es ser. Los haceres serán posteriores.
Recopilando tantos episodios en la historia del hombre, tantas construcciones físicas, teóricas, psíquicas...que comienzan en un día como hoy y terminan en otro cualquiera, o quizás no terminan, sólo me confirman el caprichoso sentido de la Naturaleza.
Al simplificar y dividir cualquier momento que forma parte de un episodio, se convierte en insignificante, la importancia de nuestros hechos es la suma de los mismos y el transcurrir del tiempo. Cuando adquirmos perspectiva, somos capaces de diferenciar, de establecer la síntesis y la clasificación correcta. En el durante somos operarios de nuestro propio instinto, en base a nuestra pedadogia adquirida, persisistimos en la acción.
Me inquieta la pésima voluntad, una ola contaminada por nuestros propios residuos mentales arrasa el mundo, agraviándolo. Pero aunque me inquieta, necesito creer en la pureza del ser humano, en su propia bondad que no es natural, sino adquirida.
Me inquieta y me niego a la transformación del ser humano en la pérdida de su bondad. Me niego a creer que el mal que nos acechó en una ocasión se convierta en una sombra permanente en nuestras vidas o aún peor, se quede in situ suspendido en nuestro interior. No deberíamos odiar por haber sido odiados, porque finalmente el odio acumulado nos terminará contaminando el alma.
Me inquieta algo irrecuperable como lo es la inocencia, nadie se preocupa por ella, nadie la aclama, nadie quiere ser inocente a menos que sea acusado. Entonces la persiguen. Pero aquella inocencia primogénita que nos hacía descubrir parece haber desaparecido. La inocencia que nos mostraba los valores, que defendía nuestra moralidad, y creía en la esperanza de que lo mejor estaba por llegar y que aunque nos amenazaran monstruos, nuestra astucia más que nuestras armas acabarían con ellos.
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