Una silla de hierro oxidado que había adquirido un tono verdoso descansaba solitaria. Deslizando mi mano sobre ella percibí que no se asentaba correctamente en el suelo. Simulaba un asiento incómodo, aquel lugar dónde nadie hubiera querido permanecer largo tiempo.
Cerca de ella, sobre el marmol frío, un espejo roto en una de sus vértices yacía en el suelo. Mientras lo levantaba, pensaba quién sería la última persona que se habría visto reflejada en él, Un instante después, pensé lo acostumbrados que estábamos a la presencia de un espejo, y no pude recordar el último día que transcurrió sin observar mi imagen reflejada en un cristal. Y como yo, tantos otros, pensé.
Aquel escenario de un mundo de antaño y vivencias pasadas era objeto de mi admiración. No se presentaba inerte para mi, porque podía oler aquella mezcla de polvo y humedad, mirar cada rincón y tocar su esencia. Era un mundo vivo porque yo sentía que vivía en él.
Mientras sostenía el espejo entre las manos, decidí sentarme en los escalones principales de la entrada. Suspiré. Entonces comencé a reconstruir aquella historia, sola, sin temores, aquellas palabras gritaban en mi interior como fieras deseosas de libertad:
Nada mejor que mantener el equilibrio. En la mitad la balanza no se mueve, está quieta, no te empuja a decidir, a posicionarte. Ahora llevemos el medio al centro de todas las cosas, exacto, es el estado más virtuoso. Ni mucho ni poco, ni nada, ni demasiado, ni grande ni pequeño, ni gordo ni flaco……..cuando encontramos la mitad de todos los adjetivos que se os ocurran de extremos, nos confirman esta mi teoría.