viernes, 2 de marzo de 2012

La danza de Sofía

La insinuante figura se estremecía sobre sí misma, comenzaba a ser rescatada de las cadenas de su interior mientras los espectros imprecisos se alejaban. Quizás no volvería a sentir jamás el miedo, transfigurándose el eje de sus instintos hacia un lugar inexplorado.
Horas después, había conseguido mover ligeramente las articulaciones y el contorno de su rostro ya no estaba ensombrecido, la oscuridad se deshacía en la distancia como una nube de humo difuminada. La sequedad exterior de sus ojos ocultaba la desbordada visión interna de Sofía. Sus labios agrietados sólo eran capaces de exhalar un leve suspiro.
El aire hiriente dañaba la atmósfera como dañaba el rostro de la mujer. De nuevo, entreabría los labios esperando un hálito de vida mientras se atenuaba el dolor bajo un débil flujo de luz que comenzaba a emanar de algún lujar lejano.
La diáspora de aquellas ánimas era el inicio, necesitaba un breve tiempo para comprenderlo; superada aquella dimensión del entendimiento, la luz se volvería nítida, la transperencia sería tan invisible a los ojos como perceptible por su alma sinestésica.

De pie, temblorosa aún, el mundo se empequeñecía y su voluntad se acrecentaba. Era el momento, la inflexión de empezar a caminar (...)

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